La Vergüenza como emoción limitante

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LA VERGÜENZA COMO EMOCIÓN LIMITANTE

¿Qué es la vergüenza?

En un momento dado todos hemos experimentado vergüenza alguna vez. Por ejemplo en situaciones en las que sentimos que hemos sido expuestos. Esta sensación de vergüenza es pasajera.

En cambio, si la vergüenza se relaciona con miedo y culpa esta emoción puede convertirse en una losa muy pesada que nos acompañará constantemente en todas nuestras acciones y conductas.

La vergüenza cumple con la función de regular nuestro comportamiento frente a los demás y nos indica que debemos inhibir determinadas emociones o comportamientos.

Podemos encontrarnos con dos tipos de vergüenza: aquella que aparece cuándo sentimos que hemos hecho el ridículo y el otro tipo se relaciona con la sensación de bloqueo que aparece cuando sentimos que somos defectuosos.

¿Qué es la vergüenza dañina?

La vergüenza dañina aparece ante el miedo de ser rechazado o no aceptado por otra persona. Está relacionada con la creencia acerca de nosotros mismos de qué no seremos valorados porque somos defectuosos. Para evitar que salte esta sensación, se generará una alta exigencia sobre nosotros y una creencia de tener que ser perfectos, sin que haya cabida para la equivocación y el error.

En consulta me encuentro con muchas personas que tienen miedo a expresarse, a qué decir, a dar su punto de vista, a mostrar una decisión o miedo a ser ellos mismos.

Muchas de estas inhibiciones que las personas vamos a realizar, van a estar relacionadas con nuestros aprendizajes. El objetivo de estas inhibiciones son alejarnos del posible rechazo de los otros, dando lugar a un miedo interrelacional.

Por ejemplo, si cuándo somos pequeños nos regañan y castigan porque lloramos, aprenderemos que mostrarnos así es algo erróneo. Por tanto, llorar será una conducta que evitaremos delante de los otros porque sentiremos que estamos molestando, que no vamos a ser comprendidos o que estamos haciendo algo mal.

¿Dónde aprendemos a sentir vergüenza?

La vergüenza es una emoción que se experimenta en los primeros años de vida y aparece en la interacción con nuestros cuidadores.

De manera controlada, los padres son los que generan esta sensación y malestar con el fin de enseñar al niño, y de esta manera que pueda entender qué está permitido y qué no.

Pero, la vergüenza en el niño no sólo va aparecer a través de una conducta de castigo, también aparecerá por falta de conexión emocional con el niño y/ o atención de calidad.

Cuando se da una situación de regañar controlada por parte de los padres y hay un vínculo seguro en el niño, estás rupturas de apego momentáneas son beneficiosas ya que generan un aprendizaje en el menor.

Les permite aprender que está permitido socialmente y que no y ponerlo en marcha cuándo los padres no estén. Por ejemplo, si el niño pega a su hermanito y los padres le explican porque eso no está permitido, aprenderá a que cuando vaya al colegio no podrá pegar al resto de niños.

La vergüenza aparece a través de la mirada del otro. Los cuidadores principales van a tener la función de espejo para que el niño pueda ir creando su propio Self, es decir, su identidad.

Por tanto ante la ausencia de dicho espejo o si el reflejo es erróneo el niño no podrá construir una idea acerca de quién es él. De adultos, la vergüenza aparecerá también a través de la mirada que nos dirigimos a nosotros mismos y el propio concepto que hemos creado sobre nosotros. Este tipo de mirada, suele ser una mirada crítica y juzgadora, que nos hará sentir y creer que no somos suficientes ni correctos. Esta mirada estará muy relacionado cómo nos hayamos sentidos mirados de pequeños, por tanto, así nos miraremos después.

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Por tanto, la aparición de esta emoción tan intensa y limitante la empezamos a aprender desde la cuna. Nuestros progenitores nos enseñaran el camino que ellos consideren adecuado y correcto, pero este camino puede dejar fuera muchas de las cosas que para nosotros son interesantes o buenas.

Los adultos enseñaran al niño el comportamiento que a ellos les gustaría y como consideran que debe ser. En este camino muchas veces no estará permitido el error, la manera de vestirse, no se podrá tener unos gustos diferentes a los que nos han enseñado, quizás si nuestros cuidadores son creyentes y nosotros no esto es posible que no tampoco esté permitido…

En estos casos, con este tipo de mensajes el niño o adolescente aprenderá que está confundido, equivocado y que de esa manera los otros no le van a querer.

Las trampas de la vergüenza

Como ves, la vergüenza puede ser una emoción que tiende a tendernos una trampa. Aparentemente, la necesitamos para ajustarnos socialmente a lo que está permitido y a lo qué no y por tanto a realizar lo correcto y no ser rechazado.

Pero esta idea puede ser muy subjetiva. Me encuentro con personas que viven como incorrecto decir no, expresar su propia apetencia o necesidad , aquí es dónde esta emoción nos tiende una trampa, por supuesto, relacionado con nuestros aprendizajes previos y los mensajes que hemos recibido cuándo éramos pequeños.

Trampas:

– La vergüenza no nos deja ser
– Nos hace creer que tenemos que alcanzar un yo ideal, creando así determinadas expectativas de nosotros mismos que debemos conseguir
– Nos lleva hacernos invisibles hacia nosotros mismos y hacia los demás
– Nos lleva a sentirnos insuficientes y nos hace creer que seremos rechazados y poco valorados
– Nos dice que somos defectuosos
– Y nos convierte en personas autoexigente con nosotros mismos

Por tanto la vergüenza nos hará sentirnos inseguros, afectará a nuestra autoestima y a largo plazo podrá generarnos problemas a nivel emocional como ansiedad y depresión.

Esta emoción irá unida a otras emociones como el miedo, el enfado y la culpa. Pero muchas veces, uno no es consciente de por qué se siente así. Entender la emoción y dónde uno ha aprendido a sentirse así, es el primer paso. Y de esta manera ir adoptando nuevos aprendizajes más sanos y funcionales para uno mismo.

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Autora: Lidia Asensi

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