Kobe Bryant y la obsesión por ser el mejor

Kobe y la obsesión

Cuando sólo queremos ser los mejores

Cuando hablamos de Kobe Bryant, una de sus señas de identidad y una parte importante del legado que nos ha dejado es la “mamba mentality”, la mentalidad de ganador absoluto y de auténtico “killer”.

Esto es, la metodología que llevan a rajatabla aquellas personas cuyo objetivo es llegar a lo más alto en su ámbito cueste lo que cueste.

Es muy alabado una vez que estás en la cima, pero vamos a verlo desde un punto de vista más cercano a la salud mental, teniendo en cuenta los factores tanto personales como las consecuencias que tiene para su entorno más cercano.

El objetivo de este artículo es mirar la otra cara de la moneda, la que no es la protagonista de los focos y la que pasa factura a nivel interno.

Por supuesto, sin desprestigiar los logros de las personas que han seguido este tipo de disciplina ni patologizar realmente este fenómeno humano.

Cabe destacar que este tipo de casos suelen ser más conocidos en el mundo del deporte principalmente, pero pueden existir en trabajos diferentes a este ámbito (ciencias, empresas, disciplinas artísticas…).

La obsesión por la grandeza

Decía Conor McGregor (luchador de MMA mundialmente conocido) tras un entrenamiento en sus primeros compases como profesional que “me he vuelto loco por este deporte. Como Vincent Van Gogh, que dedicó su vida a su arte y se volvió loco en el proceso.

Cuando tenga el cinturón dorado, cuando mi madre viva en una gran mansión, cuando mis nietos tengan lo que quieran… habrá merecido la pena”.

Esta podría ser una definición de esta mentalidad, en la que la persona se embarca en un viaje para llegar a la grandeza y acaba sacrificando su cordura en el trayecto.

Todo ello con un fin muy noble: ser el mejor y que a su familia no le falte de nada. Pero ¿cuál es el peaje que pagan por esto, tanto la persona como su entorno profesional y familiar?

 

La obsesión por ser el número uno

Desde un punto de vista clínico, se podría interpretar de varias maneras. Por un lado, a través del manual diagnóstico DSM-5, podríamos explicar este proceso de “perder la cabeza” como un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), en el que los pensamientos intrusivos pueden ser tales como “hay otra persona mejor que tú y que está entrenando más”, “no vas a conseguir nada en la vida”, “deberías estar invirtiendo tiempo en trabajar/entrenar en lugar de estar descansando”, “si no llegas a lo más alto, no eres nadie”, etc.

Las compulsiones que surgen como respuesta pueden ser desde construir un método de trabajo muy rígido y meticuloso (levantarse muy temprano todos los días, repetir los mismos ejercicios de entrenamiento en el mismo orden) e invertir una cantidad de horas excesivas a ese trabajo a exigir un nivel de esfuerzo y compromiso muy altos a los compañeros.

Volviendo al caso de Kobe, hay una infinidad de anécdotas al respecto que cuentan todas las personas que han trabajado con él.

Desde dormir en su coche cerca del pabellón para poder entrar a las 5 de la mañana a entrenar, continuos retos y broncas con compañeros que consideraba que no se estaban esforzando lo suficiente o leer cada artículo y estudiar todos los vídeos de un rival que había tenido una actuación superior a la suya para que no se repitiese en el siguiente enfrentamiento.

Curiosamente, las palabras que más se repiten entre las personas que cuentan estas historias son “obsesión” y “ética de trabajo” y es que, en ocasiones, solo las separa una delgada línea.

Sobre todo, queda bastante claro que esta obsesión se convierte en una forma de vida alrededor de la que orbita todo lo que tiene la persona.

Ser el numero uno

Quizá el elemento que puede equilibrar la balanza en favor de una ética de trabajo sana es la flexibilidad en los márgenes de esta metodología y un nivel de exigencia razonable.

Con esto quiero decir que las metas tienen que elaborarse de forma consciente y ajustadas a las características y posibilidades de la persona.

Además de invertir una cantidad de tiempo en esa actividad que permita hacer otras cosas que puedan ayudar a la persona a despejar su mente y mantener sus vínculos íntimos de forma sana.

Cabe destacar este desgaste, tanto físico como mental, de trabajar con una persona que tiene este tipo de mentalidad, ya que va a obligarte a exprimir tus capacidades al máximo.

De aguantar con una persona que sabes que te va a gritar si bajas un poco el ritmo o cometes un error. Cuando sabes que esa obsesión que tiene por ganar te la va a acabar contagiando.

Me imagino que es el proceso por el que pasaron los compañeros de Kobe cuando jugaban con él.

Además del papel que va a tomar la familia de ser un apoyo para el profesional, siendo casi secundario en comparación con lo que dedica a ese deporte.

A modo de lugar seguro al que volver después de toda su extenuante jornada de trabajo.

Pero quizá también descuidando esas relaciones familiares por no invertir el mismo tiempo en ellas, dando como resultado unos hijos que apenas ven a su padre o una pareja que apenas disfruta de la persona con al que está casada y tiene que gestionar el hogar y educar a sus hijos en momentos de soledad (imaginando como puede ser esa fotografía familiar en la práctica).

En definitiva, ese nivel de exigencia alto es un factor que pasa factura, no solamente a la persona obsesionada, sino que la proyecta a la gente de su entorno poniendo expectativas altas y una forma de trabajar muy rígida.

Por otra parte, se puede explicar como que la persona está intentando llenar un vacío a través de esta dedicación. Es decir, la persona sufre por no sentirse suficiente tal y como es y no va a parar hasta conseguir revertirlo.

Lo cual es un proceso de nunca acabar, dado que es muy probable que nunca se sienta suficiente ni pueda llenar su vacío a través de esa actividad.

Kobe y el exito

Surge a modo de compensación del narcisismo de la persona, esto es, llenar el hueco que tiene en su autoestima con querer ser el mejor en algo.

Este objetivo no es en absoluto negativo, el problema es el cómo se lleva a cabo. A lo largo de este artículo, se puede apreciar que por debajo del tema inicial también se está generando el debate si el fin justifica los medios.

En casos en los que la persona llega a alcanzar ese ansiado éxito, se podría decir que sí se justifican esos madrugones, esas broncas con los compañeros, esa cantidad de horas invertidas en el trabajo en lugar de invertirlas en otros ámbitos.

Y si no conseguimos el éxito, como Kobe Bryant

Pero, ¿qué pasa con todas esas historias que no llegan a ese éxito y que se pierden por el camino? ¿Se pueden justificar también todas esas acciones?

Personalmente, a mí me hubiese gustado preguntarle a Kobe Bryant si ha tenido suficiente con lo que ha conseguido en su trayectoria profesional y cómo vivió su retirada del baloncesto.

Por saber si esa obsesión se quedó en la cancha o le siguió hasta el fin de sus días y ver si le ha merecido la pena toda esta vida de sacrificio y exigencia.

Para concluir, queda la duda de si esta obsesión es una patología o solamente una rigidez extrema (que no es poco) orientada a un fin muy claro y noble. Me inclino más hacia lo segundo, aunque hay que tener en cuenta de dónde puede venir esta obsesión y cómo afecta al entorno de la persona.

Al final, esta obsesión acaba involucrando al círculo más cercano e inmediato y conviene que todos estén de acuerdo con la parte de responsabilidad y apoyo que les toque ejercer para que la persona acabe triunfando y todos puedan recoger los frutos.

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Autor: Rodrigo Duran

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