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Saber distinguir entre el poder, querer y deber

Debo, quiero, puedo: el mito de la voluntad de hierro

 

Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor jodidamente grande. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige buena salud, colesterol bajo y seguro dental. Elige hipoteca a interés fijo.
De la película Trainspotting

Deber, querer, poder

Podemos elegir dos caminos diferentes para lograr lo que nos proponemos: el del querer o el del deber, y con excesiva frecuencia tomamos este último, convencidos, además, de que es la única opción que tenemos al alcance de las manos.

En demasiadas ocasiones nos enfrentamos al devaluador sentimiento de hacer lo que hacemos porque, sencillamente, no hay otra alternativa, porque debemos hacerlo. Pero esto es cierto en una proporción de casos mucho menor de la que asumimos.

Digamos que tengo una jornada laboral media (8 horas diarias), una familia media (1.39 hijos y cuarto y mitad de marido), puede que tenga algún familiar a mi cargo… Empiezo a funcionar a las 7 de la mañana y casi nunca encuentro un momento de descanso antes de las 22.

Y digamos que en uno de esos momentos caigo sobre el sofá para sentirme privilegiadamente exhausta y privilegiadamente desocupada para pensar, por fin, en mis cosas. Entre otros mensajes que atraviesan mi mente me detengo en este: Debería hacer un poco de ejercicio porque sé que es bueno para mi salud, mejoraré mi aspecto físico y sé que sería más feliz dedicándome algo más de tiempo.

Vayamos por partes, porque tenemos para rato:

En primer lugar, el debería que encabeza la frase y muchos de los mensajes que diariamente nos echamos a la mochila es, ya de entrada, si no un mandato tiránico, al menos sí cuestionable como motor eficaz para ayudarnos a conseguir nuestro propósito. Lo que cabe cuestionarse aquí es, en primer lugar, si debo yo realmente hacer ejercicio (o cualquier otra cosa).

¿Hay alguna norma que imponga la necesidad de mejorar el aspecto físico de las personas? ¿Dejan de atender mis enfermedades en los centros de salud si previamente yo no he cuidado la mía? Si yo debo hacer ejercicio, estudiar unas oposiciones, ser feliz, ayudar a un amigo siempre que lo necesite… ¿no deberían estos comportamientos estar regulados de alguna manera? Yo debo conducir por la derecha, pagar la cuota de autónomos o abstenerme de golpear al que se me coló en el súper porque existen normas específicas que así lo imponen; pero,

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¿Dónde queda recogido que debo separarme de mi pareja, que cada día debo coger el 36 para cada día llegar puntual a mi trabajo para puntual pagar las facturas para…? ¿Qué es lo que hago porque debo y qué es lo que hago porque quiero, porque realmente quiero?

Deber y querer no son lo mismo. Deber es una autoimposición mientras que querer implica capacidad de elección y ejercicio voluntario de la misma si así lo deseo. En cualquier caso, siempre puedo darme cuenta de que no quiero realmente hacer algo y rectificar en este punto. ¿Quiero de verdad dedicarme más tiempo o soy de esas personas que necesitan volcarse en los demás para sentirse bien?

¿Quiero de verdad ser funcionaria o lo quiere de verdad mi madre? ¿Quiero trabajar en lo que trabajo porque quiero vivir en la casa en la que vivo porque quiero de verdad llevar la vida que llevo y por eso cada día cojo el 36, porque quiero?

Resolvamos que quiero, que de verdad quiero, ¿si quiero puedo? Pero esto ya… es harina de otro artículo.
 
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Autora: Elsa García

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