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Personas que no conectan con sus emociones

PERSONAS DESCONECTADAS DE SUS EMOCIONES
 

 Por qué hay personas frias que no conectan emocionalmente
 

A menudo ocurre que nos encontramos interactuando con personas que percibimos distantes, a veces sin saber por qué. Personas que transmiten una sensación de frialdad o de neutralidad ante eventos que para otras personas resultarían dolorosos, angustiantes, conflictivos e incluso tremendamente alegres.

Dentro del contexto de una terapia, me encuentro frecuentemente con pacientes que me relatan  eventos complicados y/o traumáticos, que incluso al oírlos se me encoge el corazón, pero que lo narran en lo que yo llamo “modo noticiario”, con un tono aséptico y, lo más llamativo, con una emotividad neutra, sin sentimiento. Este sería un ejemplo de estas personas desconectadas de todo su mundo emocional.
 

A mi me gusta ilustrarlo del siguiente modo: imaginémonos que hubiera una cable como el del teléfono de bajara desde el cerebro y que llegara al corazón. Cuando algo pasa a nuestro alrededor, la información entra por nuestros sentidos y va directa al cerebro para que este la procese racionalmente y le de sentido.

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Lo que debería pasar (de un modo simbólico), sería que esto que el cerebro ha procesado, bajara por el cable antes mencionado hasta nuestro corazón para que éste dé un veredicto de cómo me siento ante lo ocurrido. Pues bien, siguiendo esta metáfora, de algún modo las personas a las que les cuesta conectar con sus emociones, es como si tuvieran ese cable desconectado o cortado, y por tanto, la información que reciben solo la procesan a un nivel racional.
 
Este tipo de modo de procesar lo que nos pasa tiene tremendas ventajas:  desde lo racional las cosas no nos duelen, no nos enfadan, no nos molestan, etc. Pero también tiene grandes desventajas: nos perdemos, me atrevería a decir, la información más útil y relevante que podemos obtener de nuestro entorno y de nosotros mismos.
 
Si por ejemplo, no sabemos lo que nos molesta o nos enfada, ¿Cómo podemos poner límites?, o si no sabemos lo que nos hiere, ¿Cómo podemos alejarnos de ello? Además, esta desconexión tiene otra consecuencia que también es importante contemplar, del mismo que nos desconectamos de lo negativo, cortar ese cable entre cerebro y corazón, hace que también nos desconectemos de las emociones positivas, de tal forma que no gozaremos tanto de las situaciones placenteras, de las alegrías y nuestra vida resultará descafeinada.

Ante este modo por tanto, estas personas tienen dificultades para crear vínculos sólidos, saludables y duraderos con los demás. El contacto y la vinculación con nuestros iguales tiene efectos tanto negativos como positivos para nosotros en función de con quien los generemos.

Si nos hemos sentido dañados, traicionados, podemos haber construido inconscientemente una armadura que nos proteja, una armadura que muchos de nosotros llevamos sin discernir o plantearnos si es necesario que la llevemos todo el tiempo y con todo el mundo. Si nos relacionamos con una armadura puesta, es muy difícil que nuestras relaciones, ya sean con amigos, familia o parejas, se vuelvan profundas. Serán relaciones más protectoras claro, pero también más desde la superficie.

 

Causas de la desconexión emocional

Las causas de la desconexión emocional son muchas y de distinta índole, aquí menciono algunas de ellas:

  • Aprendizaje de experiencias pasadas: si en el pasado hemos tenido experiencias traumáticas en lo respectivo a nuestras relaciones con los demás, nos han herido, hemos salido perjudicados tras mostrar nuestros sentimientos o compartirlos con alguien, no han sido reconocidos o no han sido validados, entonces podremos haber aprendido a guardar nuestras emociones bajo llave, para que así no se vean nuevamente vulneradas. El problema de esto es que, aunque esto se desencadene a raíz de experiencias concretas, y seamos racionalmente conscientes de que no siempre nos van a dañar, de alguna manera tendemos a generalizar, y acabamos desconectándonos ante cualquier situación, sea o no sea potencialmente dañina, e incluso aunque la situación sea positiva para nosotros.
  • Relación de la familia con el mundo emocional: Si nuestros padres o cuidadores principales están desconectados de sus emociones, o si por ejemplo, no han sabido cómo atender nuestras emociones en la infancia, eso podría propiciar nuestra propia desconexión emocional en pro de nuestra supervivencia en ese hogar. Ejemplos de estos serían: Si un niño pequeño llora y el cuidador principal no sabe si es de hambre o frío, y por tanto no atiende adecuadamente la demanda, o si se le quita importancia o no se le da valor a la expresión de su emoción, o si ante la angustia de un niño, lo padres no le atienden, este aprenderá a desconectarse para no pasarlo mal.

  • Creencias sobre lo que es ser emocional: ocurre que en las familias o en nuestro ambiente socio-cultural, ciertas emociones están “permitidas” y otras no tanto. Por ejemplo, generalmente si alguien se muestre sonriente y optimista se valora de forma muy positiva, mientras que si alguien llora, muy frecuentemente habrá una censura (“eres un llorica”) o una desvalorización de la emoción (“deja de llorar, que todo pasa”). El hecho de que en nuestra casa o en nuestro lugar de crianza ocurra esto, puede generar que nos desconectemos de aquellas emociones no permitidas, para que no seamos enjuiciados, censurados o no nos angustiemos cuando nuestra emoción no está siendo recogida por los demás como hubiéramos necesitado. 

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¿Qué hacemos con la desconexión emocional?

 
El trabajo en terapia puede ayudarnos a reconectarnos con nosotros mismos, a escuchar cómo nos sentimos y qué necesitamos en cada momento.

Podríamos decir que hay varias fases en esta reconexión, si bien estas no están delimitadas y son flexibles:
 

  • Una primera en la que aprendamos a registrar si hay o no emoción. Ocurre que a veces el grado de desconexión es tal, que no es que no sepamos identificar las emociones que sentimos, sino que ni siquiera las registramos, no nos damos cuenta de que está ahí. Para esto, el trabajo a través del cuerpo es tremendamente útil, pues nos ayuda a identificar y localizar las sensaciones corporales asociadas a las emociones que pueden esconderse debajo.

  • Tras registrar que algo nos pasa, y poner atención en ello, esta segunda fase consistiría en identificar y ponerle nombre a aquello que estamos sintiendo. También en esta fase sería interesante el aprender a comunicar nuestros estados emocionales  a los otros.

  • Por último, se trataría de aprender a gestionar las emociones, a saber qué hacer cuando nos sentimos de una manera determinada. A veces ocurre que hemos aprendido maneras muy funcionales pero equivocadas de manejar un determinado estado de ánimo (por ejemplo: me siento triste y salgo de fiesta a beber para no pensar en ello). Esta fase consistiría en identificar estos automatismos y poco a poco descubrir modos que nos ayuden a recoger mejor nuestras propias emociones.

 
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Autora Cristina Marín
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