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Por qué se produce las disfunciones sexuales masculinas

Las causas de los problemas y disfunciones sexuales masculinas

 
Cuando entra un paciente en consulta y pide que le ayude a resolver un problema de disfunción sexual, lo primero que suele ocurrir es que me encuentro frente a una persona llena de vergüenza y, por qué no decirlo, de culpa.

A mí siempre me surge la siguiente pregunta: “¿Cómo es posible que una persona pueda sentir vergüenza o culpa por tener afectada una parte de su vida tan normal y natural como el sexo?”. La primera respuesta que viene a mi mente es el tabú que tradicionalmente hay en torno al a este tema, sin embargo, como veremos en este artículo, no todo se puede explicar por esto.

Las disfunciones sexuales masculinas pueden tener muchas causas diferentes, algunas pueden estar relacionadas con traumas vividos en la sexualidad de una persona, como por ejemplo un abuso, pero no todos los pacientes que acuden a consulta tienen una historia traumática a sus espaldas. 
 

¿Qué más causas podemos encontrar en las disfunciones sexuales masculinas?

 
La primera es quizás la más simple y se resume en la ansiedad y el círculo ansioso. Cuando una persona sufre una disfunción eréctil o una eyaculación precoz por primera vez, ésta puede ser producida por tener sueño, estar estresado por el  trabajo o haber discutido con su pareja. Los problemas, las prisas, el estrés o el cansancio son factores que generan ansiedad, y si hay ansiedad no puede haber sexo. Pero ¿por qué sucede esto? La respuesta está en la evolución humana. Cuando el cerebro detecta estrés no sabe bien si éste es interno o externo, pero lo que sí entiende es que hay un peligro. Si los hombres y las mujeres de las cavernas no hubieran hecho caso a su ansiedad y hubieran tenido relaciones sexuales, lo más probable es que un animal los hubiera devorado, lo cual no parece muy adecuado para la supervivencia del individuo ni de la especie. Aunque parezca que esto ya no puede afectarnos porque no vivimos con ese nivel de peligro a nuestro alrededor, el cerebro no evoluciona tan rápido como la sociedad, y es por eso que si hay ansiedad se activa el Sistema Nervioso Simpático (sistema interno que nos moviliza) que es el contrario a lo que necesitamos para mantener una erección.

Esto sirve para explicar el primer episodio de disfunción sexual, pero…  ¿Qué pasa la próxima vez que el hombre va a hacer sexo y ya no está cansado, estresado o enfadado con su pareja? Aquí ocurre lo que se conoce como círculo de la ansiedad. Al haber tenido una primera disfunción sexual el hombre genera ansiedad anticipatoria, esto es, miedo a que se repita el episodio. Es probable que lleve días dándole vueltas, pensando que tienen un problema, y se aterrorice ante la posibilidad de que vuelva a pasar, ya que esto corroboraría que es “impotente”. El hombre acude al sexo como si de un examen se tratara, y el propio miedo a la repetición del problema genera el problema (como decía antes, si hay ansiedad no puede haber erección). Y ahí se queda el hombre, anclado en la idea que tiene disfunción eréctil, eyaculación precoz, etc. Así es como de un hecho puntual sin importancia se crea un problema duradero, del que difícilmente se saldrá sin ayuda externa.
 
Relacionado con esto nos vamos al hecho de la “impotencia” o “ser impotente. Ésta es una palabra que yo no uso nunca en terapia, ya que la palabra “impotente” lleva asociada la idea de que la virilidad del hombre se ha puesto en entredicho. Y aquí pasamos a la segunda causa, el concepto de hombre-virilidad-pene, o como los sexólogos la solemos llamar, penecentrismo”, esto es, el pene como centro del universo (al menos del masculino). Al hombre le han metido la idea en la cabeza que si su pene “falla” en algún momento, él ya no puede considerarse un hombre. Estereotipos, normas y prejuicios sociales han ido alimentando esta idea a lo largo de los años. La pornografía, la publicidad, los libros o las películas pueden ser poderosos medios para extender este concepto. Sin embargo el hombre es hombre se le levante el pene o no, por la simple razón del sexo biológico, esto es, si tiene un cromosoma X y un cromosoma Y. Por otro lado está el género, es decir, que se sienta un hombre. El tamaño del pene o su actividad no deberían ser considerados como indicadores de masculinidad. Eres hombre, le guste a tu pene o no.

La tercera causa es la idea del buen amante. El hombre piensa (implícita o explícitamente) que él debe llevar la iniciativa en el sexo (ser el activo) y que debe saber en qué puntos del cuerpo de la mujer debe tocar para satisfacerla y ser admirado por sus dones amatorios (por supuesto también piensa que el coito es la vía principal para dar placer y ser todo un macho). Como todo en esta sociedad patriarcal y machista, la mujer queda por debajo del hombre, relegada a la dominación y la pasividad, como si no supiéramos proporcionarnos nuestro propio orgasmo. Y el machismo que no es bueno para nadie, se convierte aquí en un enemigo para el propio hombre: El varón debe estar pendiente no solo de su propio placer, sino del de su compañera, dejando en un segundo plano lo que él siente.

A priori esto es beneficioso, pues se tiene en cuenta la sexualidad femenina, pero compañeros, debéis confiar en vuestra pareja porque no es tonta, porque ella os puede indicar qué le gusta y porque ella también sabe masturbarse y proporcionarse placer. No pasa nada, no sois menos hombres por eso, pero si seguís empeñados en saber vosotros más que nosotras de nuestro propio placer y cuerpo, desarrollaréis lo que se llama rol del espectador”. Así sentís que sois los únicos responsables del orgasmo de la mujer y es aquí cuando el sexo se convierte en un examen que debéis pasar (y al menos yo no recuerdo ni un solo examen que me gustara).

Pero lo peor es que si este examen “se suspende”, pensáis que vuestra capacidad de dar placer, vuestra fama y por qué no decirlo, vuestra virilidad, quedan en entredicho. ¿Y cómo se suspende el examen? Pues con un fallo en la erección o eyaculación. Y aquí es cuando pasamos al concepto de “coito-centrismo” que reina en nuestra sociedad, es decir, el coito como único sexo verdadero. ¡Como si el sexo oral, las caricias, los abrazos y los besos no fueran partes fundamentales de una relación sexual! Pues hombres del mundo, quizás deberíais saber que el 60% de las mujeres no obtienen orgasmos mediante el coito, puesto que la vagina en su interior casi no tiene terminaciones nerviosas. Por todo esto recordad: El sexo no es una carrera, ni una actividad para demostrar vuestra valía. El sexo es disfrute por el simple hecho de hacerlo, y ni vuestro pene es el rey ni el coito es lo que más placer nos da a las mujeres. ¿Aún seguís pensando que vuestro pene es tan importante?

 
Me gustaría, para finalizar, citar una última causa. Y es que casi todos nos creemos dueños de nuestras propias elecciones, pero ¿de dónde vienen realmente nuestros gustos y decisiones? La familia, las tradiciones, la cultura, la religión (no hace falta ser creyente para estar influido por ella), los medios de comunicación y en definitiva, todo lo que nos rodea, nos van diciendo cómo debemos comportarnos en distintos ámbitos de nuestra vida, y el sexo no iba a ser menos. Es lo que podemos llamar “deberías internos”.

Una idea que nos repiten desde niños a través de la educación va aceptándose de tal manera que con el tiempo la vivimos como propia. El sexo es malo”, “no debes masturbarte”, “es malo tener sexo fuera del matrimonio”, “esas cosas que haces no están bien”, “hay cosas en el sexo que son de depravados”, “ciertas conductas no son buenas ni naturales y otro tipo de ideas similares van siendo transmitidas por familias e instituciones hasta llevar al individuo a pensar que aquello que le gusta y le produce placer es malo, y que debe reprimirlo o anularlo para no ser él mismo una persona mala, depravada o extraña. Por esto recuerda: el sexo no es malo ni es antinatural, siempre que se haga con una persona adecuada y con consentimiento, esto es, personas adultas con libertad de decisión propia. Todo lo demás son prejuicios.

Si quieres consultarnos por este problema puedes seguirnos.
 

Autora: Psicóloga Sara Sarmiento
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